Con la ola de tiroteos fuera de control, y después de aceptar que no existe patrón y que las capacidades de los Mossos están superadas, el gran temor de la policía catalana no es solo que continúen los tiroteos entre clanes, grupos criminales o sicarios vinculados al narcotráfico. Lo que realmente preocupa ahora a la policía catalana es que, en cualquier momento, una bala perdida mate a una persona que no tenga nada que ver con una guerra criminal. Un peatón. Un cliente de un bar. Un vecino que sale de casa. Alguien que pasa por el lugar equivocado en el momento equivocado. Tu vecino. O tú.
Este es el escenario que Interior sabe que marcaría un punto de no retorno: el primer muerto inocente por un tiroteo en Catalunya. Hasta ahora, los principales episodios mortales con armas de fuego de este 2026 apuntan a víctimas vinculadas, de una manera u otra, a estructuras criminales, disputas entre grupos o contextos delictivos. Pero la manera como se están produciendo algunos de estos ataques —tiroteos en medio de la calle o en terrazas de bar— ha hecho crecer el riesgo de aquello que en el análisis policial se conoce como consecuencia exocriminal: que la violencia entre criminales impacte directamente sobre alguien ajeno al conflicto.
En el barrio de Sant Roc, en Badalona, una niña, vinculada a una de las familias de un clan de etnia gitana, recibió el impacto de una bala perdida en un tiroteo. Gracias a Dios, la herida fue leve. La fotografía, sin embargo, es cada vez más inquietante. Charcos de sangre en medio de la calle. Los tiroteos ya no son solo hechos escondidos, de madrugada o en barrios alejados. Algunos de los últimos crímenes se han producido en medio de la calle, en zonas transitadas y a plena luz del día. El caso más evidente es el asesinato de este miércoles, 10 de junio, en la calle Balmes de Barcelona, donde un hombre fue muerto de un disparo en la cabeza, a primera hora de la mañana, en el centro de la capital y delante de una comisaría de la Policía Nacional. El pistolero actuó y huyó. Todavía no está ni identificado ni detenido.
Seis muertos a tiros en menos de medio año
Catalunya ya acumula seis muertos por arma de fuego este 2026. El 20 de marzo, un hombre de nacionalidad rumana murió en un tiroteo en un bar-karaoke de Badalona. El 28 de marzo, un joven dominicano fue asesinado de un disparo en un parque de L’Hospitalet de Llobregat. El 14 de abril, un hombre de la mafia de Kotor, en el marco de la guerra entre clanes de Montenegro, murió en una terraza de un bar del Poblenou, en Barcelona. El 16 de mayo, un hombre de 43 años y nacionalidad española fue asesinado de varios disparos en la cabeza en la calle de la Mineria, en la Zona Franca de Barcelona. El 7 de junio, en la misma calle, un hombre serbio murió de un disparo en la cabeza. Y el 10 de junio, otro hombre serbio fue asesinado en la calle de Balmes, también en el centro de Barcelona. La cifra es muy relevante: seis muertos este 2026, cuando en todo el 2025 hubo ocho. Además, este año ya hay 18 heridos por arma de fuego, mientras que el año pasado se registraron 28.
El riesgo ya no es solo entre criminales
Interior ha querido insistir en que, mayoritariamente, estos hechos responden a disputas entre grupos criminales, clanes o estructuras vinculadas al narcotráfico. Pero esta explicación ya no tranquiliza del todo. Porque el problema no es solo quién es el objetivo del sicario, sino dónde decide disparar. Un tiroteo en plena calle no controla el entorno. Una ejecución junto a una terraza, de un bar, de un parque o de un eje principal de la ciudad multiplica el riesgo para terceras personas. Y los Mossos saben que, si un disparo impacta contra un ciudadano ajeno al conflicto y lo mata, la lectura social y política del fenómeno cambiará de golpe. La policía catalana ya ha vivido episodios que evidencian este riesgo. En otros incidentes con armas de fuego, como los tiroteos entre clanes o disputas en la calle, personas ajenas pueden quedar expuestas. La diferencia es que ahora el fenómeno se ha trasladado a escenarios muy visibles, con ejecuciones rápidas y con armas cada vez más accesibles en determinados entornos criminales.
Sin patrón y sin aviso
El gran problema para los Mossos es que estos ataques no son fáciles de prever. No responden al patrón de los multirreincidentes, que pueden actuar en zonas, horarios o métodos concretos. En los tiroteos vinculados al crimen organizado, la decisión puede llegar de forma repentina, fruto de un desacuerdo, de una venganza, de un encargo o de la necesidad de un grupo de eliminar a un rival.
Esto hace que la prevención sea muy complicada. La presencia policial en la calle puede generar presión e incomodar a determinados grupos, pero no garantiza que un sicario no actúe igualmente cuando considera que tiene una oportunidad. Es aquí donde Interior admite que la respuesta policial clásica se queda corta. Por eso la consellera Núria Parlon y el director general de los Mossos, Josep Lluís Trapero, han reclamado cambios legislativos. Quieren penas más altas por tenencia ilícita de armas de fuego y para los grandes cultivos y tráfico de marihuana, con el objetivo de que las organizaciones criminales no perciban Catalunya como un territorio cómodo para moverse armadas. Unas medidas que, alertan los expertos, pueden tener un recorrido muy corto y no ser efectivas en esta grave problemática.
El punto de no retorno
La policía catalana sabe que la situación todavía puede empeorar. Las perspectivas internas son pesimistas porque los grupos criminales tienen acceso a medios más letales, las armas circulan dentro de algunos entornos criminales y las ejecuciones en la calle son difíciles de anticipar. También porque la presión es cada vez más alta y porque una parte de la seguridad ciudadana reclama más capacidades balísticas para afrontar un escenario que ha cambiado, casi a tocar de la saturación. La muerte de un inocente en un tiroteo, como la treintena que se han registrado este inicio de 2026, marcaría un punto de no retorno para la sociedad, que vería, definitivamente, que Catalunya no es un lugar seguro, y también por la presión que tendría que aguantar el Govern, a pesar de los mensajes asegurando que los hechos delictivos bajan.
