Los Mossos d’Esquadra trabajan con una idea cada vez más clara: para detener la oleada de tiroteos en Catalunya no basta con buscar quién aprieta el gatillo. Hay que llegar a la estructura criminal que hay detrás. El sicario es la última pieza de la cadena, pero no siempre es la más importante. Detrás de una ejecución en la calle hay, siempre, un encargo, una logística, un arma, una vigilancia previa, una vía de huida y una organización que decide eliminar a un rival. Este es el gran reto de la policía catalana después de un inicio de 2026 marcado por seis asesinatos con arma de fuego. Los Mossos investigan los hechos caso por caso, los famosos "hechos aislados", pero el fenómeno ya se lee de manera global, con unos denominadores comunes claros: más armas, más violencia en el espacio público, más presencia del crimen organizado y más riesgo de que Catalunya sea escenario de conflictos entre grupos locales, clanes y estructuras internacionales. El paso previo al narcoestado.
La clave, ahora, es saber qué infraestructura criminal hay instalada en Catalunya y cuál solo actúa puntualmente en nuestro país para después marcharse. Es una de las preguntas centrales en el caso del tiroteo mortal de la calle de Balmes de Barcelona, donde un hombre fue asesinado el miércoles por la mañana delante de una comisaría de la Policía Nacional. Los Mossos no descartan que detrás del crimen haya una estructura sólida, pero todavía tienen que investigar si está arraigada en Catalunya o si forma parte de un dispositivo criminal que actúa y huye.
Seis ejecuciones en menos de tres meses
La secuencia de los homicidios es especialmente preocupante. El 20 de marzo, un hombre de nacionalidad rumana murió en un tiroteo en un bar-karaoke de Badalona. El 28 de marzo, un joven dominicano fue asesinado de un disparo en un parque de L'Hospitalet de Llobregat. El 14 de abril, un hombre vinculado a la mafia de Kotor, en el marco de la guerra entre clanes de Montenegro, fue asesinado en una terraza de un bar del Poblenou, en Barcelona. El 16 de mayo, la violencia volvió a estallar en la Zona Franca de Barcelona. Un hombre de 43 años y nacionalidad española fue asesinado de varios disparos en la cabeza en la calle de la Mineria. El 7 de junio, en la misma calle, un hombre serbio fue muerto de un disparo en la cabeza. Y el 10 de junio, en la calle de Balmes, en el centro de Barcelona, otro hombre serbio fue asesinado también de un disparo en la cabeza. En todos estos casos, los Mossos analizan posibles conexiones con estructuras criminales, narcotráfico, disputas entre grupos o conflictos importados. No todos los episodios responden necesariamente a una misma guerra —como la de Kotor, que el año pasado, en 2025, también dejó dos muertos por armas de fuego en Barcelona y Castelldefels—, pero todos forman parte de un mismo escenario fuera de control.
El sicariato no actúa como la multirreincidencia
Interior ha dejado claro que este fenómeno no se puede combatir con las mismas herramientas que se han utilizado contra la multirreincidencia. Planes como el Kanpai —un as en la manga de los Mossos— o el Bastió —por el descontrol en L'Hospitalet de Llobregat— pueden servir contra delincuentes que roban de manera reiterada, en zonas concretas, con horarios y métodos identificables. Pero un sicario no funciona así. El sicario actúa cuando recibe el encargo o cuando la organización considera que es el momento. Puede hacer una vigilancia previa, estudiar la rutina del objetivo, evaluar el riesgo y disparar cuando tiene una ventana de oportunidad. Después huye. Su acción puede durar segundos. Y la capacidad de reacción policial es muy limitada si no se ha podido anticipar el movimiento. En el caso de la calle de Balmes, como en los otros cinco crímenes, por ahora, no hay detenidos y, de manera oficial, todavía no se han aclarado.
Esta es una de las razones por las que los Mossos insisten en que no hay un patrón predecible en muchos de los incidentes con armas de fuego. Algunos son improvisados, otros son el resultado de desacuerdos entre grupos y otros pueden ser ejecuciones planificadas. Pero todos comparten una dificultad: que, por ahora, sin tener capacidad operativa para monitorear todas las mafias, autóctonas o extranjeras, es imposible anticiparse. Cuando las patrullas reciben el aviso de los hechos, solo pueden intentar salvar la vida de la víctima.
Catalunya, escenario de conflictos criminales
El trasfondo es el narcotráfico, especialmente el negocio de la marihuana, pero también la presencia de grupos internacionales y de guerras criminales que pueden tener origen fuera de Catalunya. Interior ha situado el fenómeno dentro de un contexto más amplio: el mercado de la droga se ha desplazado, Europa ha ganado peso como epicentro de consumo y tráfico, y la competencia entre organizaciones traslada niveles de violencia extrema a puertos, ciudades y zonas logísticas europeas. En el caso de la marihuana, Catalunya es un territorio atractivo por diversos factores: capacidad de producción interior y exterior, rutas marítimas, conexiones con Europa y presencia de grupos criminales. La vulnerabilidad estratégica de España y Catalunya se concreta en tres grandes puertas de entrada: la ruta marítima sudamericana hacia los puertos ibéricos, la ruta norteafricana del hachís y la conexión europea del corredor mediterráneo terrestre. Esta realidad genera un ecosistema criminal donde las armas son una herramienta de protección, intimidación y ataque. Primero, para defender plantaciones o robar otras. Después, como símbolo de poder e instrumento habitual en entornos criminales. Y, finalmente, para causar bajas al rival.
Los datos preocupan a los Mossos
Las cifras confirman la alarma. En 2025 se registraron 93 incidentes con disparos reales, frente a los 69 de 2024, un incremento del 35%. Este 2026, hasta mayo completo, ya hay 24. En víctimas, en 2025 se contabilizaron 28 heridos y 8 muertos; este año ya hay 18 heridos y 6 muertos. Aunque hay un descenso de los incidentes en relación con 2025, este 2026 los hechos más graves —los disparos reales, los heridos y los muertos— mantienen una intensidad muy alta. También cambia el tipo de arma. En 2025, el 54% de las armas intervenidas eran cortas y el 46% largas. Este 2026, las cortas ya son el 70% y las largas bajan al 30%. Es un dato muy relevante para entender el fenómeno del sicariato: las armas cortas son las que mejor encajan con ejecuciones rápidas, desplazamientos discretos y ataques en espacios públicos.
El Departament d'Interior, después de constatar que la capacidad de los Mossos se ha visto superada, quiere endurecer las penas por tenencia ilícita de armas de fuego y por tráfico y producción de marihuana a gran escala. La idea es generar un efecto disuasorio y evitar que Catalunya sea percibida como un territorio de bajo riesgo penal para las organizaciones criminales. Pero la respuesta policial también pasa por otra estrategia: identificar estructuras. Saber quién encarga, quién proporciona las armas, quién da apoyo logístico, quién facilita pisos, vehículos o fugas, y qué grupos tienen capacidad real de ordenar ejecuciones. Sin esta fotografía, la policía puede detener a autores materiales, pero no siempre desarticular la amenaza.
Según fuentes policiales consultadas por ElCaso.com, hay que atacar la actividad lucrativa del crimen organizado. Las armas son la consecuencia visible, pero el motor es el negocio. Por eso reclaman más investigación, más medios, más capacidad de análisis y más alianzas internacionales. Las guerras que estallan en Barcelona o en Badalona tienen conexiones fuera de Catalunya y, por lo tanto, la respuesta no puede ser solo local. Los Mossos saben que el fenómeno no desaparecerá de golpe. Las perspectivas son pesimistas porque los grupos criminales tienen acceso a armas más letales, el mercado de la droga sigue generando beneficios muy elevados y la violencia es una herramienta asumida en determinados entornos. La policía puede aumentar la presión, pero el sicariato funciona con una lógica que a menudo escapa a la prevención tradicional.