La actividad de los juzgados en Catalunya ha cambiado de manera radical en los últimos años. A los habituales hurtos, robos con fuerza o delitos contra la salud pública o la libertad sexual, se le suma también un delito que muchas veces es más invisible para la víctima, y que esta no ve el peligro hasta que no es demasiado tarde: la estafa informática. En los últimos años, el volumen de procedimientos abiertos por culpa de la ciberdelincuencia ha crecido exponencialmente. Esta tendencia, además, no es un caso aislado, y la policía recibe cada vez más denuncias por compras fraudulentas, técnicas de estafas a través de WhatsApp, como la del "familiar con problemas" o engaños relacionados con la inversión de criptomonedas.
Uno de los principales problemas que afrontan los juzgados con este tipo de delito es la complejidad de la instrucción. A diferencia de un robo convencional, donde hay una escena y unas pruebas claras, la ciberdelincuencia no deja rastros. Muchas veces los ladrones cambian de número de teléfono, de cuentas bancarias o de direcciones electrónicas, para no dejar huella digital. Otras veces, la policía encuentra estos datos en países de fuera de la Unión Europea, donde no hay cooperación internacional, y donde se hace mucho más difícil encontrar al ciberdelincuente.
Solo llegan a las mulas
El entramado de las grandes redes de ciberdelincuentes es mucho más complejo de lo que a priori parece. Muchas veces los estafadores utilizan mulas, es decir, personas que cometen el delito y reciben una parte del botín estafado. Muchas veces los investigadores llegan solo a este peldaño de una pirámide mucho más grande donde hay más delincuentes implicados.
