La historia de la muerte del doctor Albert Soler, encontrado sin vida en su casa, en la calle de Badalona de la urbanización de Can Ros, en Cabrera d'Anoia, es macabra y rocambolesca. El tiempo quizás ayudará a aclararla, pero, por ahora, hay más incógnitas que certezas. Lo objetivable es que el hombre está muerto y que, cuando los Mossos, alertados por el Ayuntamiento y también por los vecinos, por el hedor que desprendía la casa, por la maleza y la suciedad que se acumulaba, lo encontraron, estaba tapado con una sábana o una manta en una de las salas centrales de la casa donde vivía junto con su pareja y su hija, de 22 años, desde hacía dos años.
La investigación de los Mossos deberá aclarar qué pasó, cómo es que durante dos años nadie ha avisado, nadie ha echado de menos al hombre y cuál ha sido el papel de su mujer y la hija, que durante todo este tiempo han convivido, además de con suciedad, también con el cadáver de su padre y marido. La policía catalana no lo investiga como un crimen, no parece que el cadáver del médico presente signos de criminalidad y, más allá de un posible delito de profanación de cadáver o de omisión de socorro, la policía catalana no ve, por ahora, ningún otro posible ilícito penal, aunque también aseguran que la situación psiquiátrica de las dos, de madre e hija, no es la mejor, hecho que todavía podría imposibilitar cualquier tipo de imputación. Sea como sea, será necesario que el atestado recoja toda la información conseguida hasta ahora y que el juzgado de Igualada valore si es necesario imputar a las dos mujeres y también si se ordena algún tipo de procedimiento psiquiátrico.
No supieron a quién avisar
Según ha explicado a ElCaso.com el alcalde accidental de Cabrera d'Anoia, Salustià Monteagudo, tanto la mujer como la joven han explicado a los Mossos que el hombre murió de forma natural hace dos años, después de la pandemia, al dejar de medicarse —se desconoce qué enfermedad tenía, pero sí se sabe que se había convertido en "experto" en homeopatía, una rama de la pseudomedicina—. No supieron qué hacer. Ni a quién comunicarlo. Y creyeron que lo mejor era tapar al hombre, en el mismo sofá, con una manta. Y hasta este miércoles por la tarde. Cuando dejaron entrar una patrulla de los Mossos, que se encontró la macabra estampa.
Los vecinos habían alertado en diversas ocasiones del estado de esta casa. Hacía años que un Kia, el coche del hombre, estaba aparcado en el exterior de la casa. Hoy todavía estaba allí, lleno de polvo, ramas y hojas. En el interior de la finca, donde se puede entrar por un garaje o por una puertecita y unas escaleras exteriores, huele fatal a metros de distancia. En el interior, desde fuera, se pueden ver restos de basura, bolsas e, incluso, entre la maleza, aseguran los vecinos, ratas de un palmo. Desde fuera parece una casa abandonada. Pero vivía allí la pareja desde hacía años. Los vecinos hacía tiempo que no veían al hombre, que antes, antes de morir, se entiende, salía y entraba de manera regular. La mujer y la hija, en cambio, sí que hacían menos vida fuera.
La mujer y la hija, clausuradas
Desde la muerte del médico, sin embargo, se clausuraron. No salían ni para comprar. Un día la vecina de al lado, Manolita, les explicó que ella se hacía llevar la compra a casa, desde un supermercado, y empezaron a hacerlo. Pero con todo. Si tenían que comprar algún electrodoméstico, también. Pero nunca salían a buscarlo. Se lo hacían dejar fuera y, de noche, para evitar miradas curiosas, salían y lo recogían. La vecina que les dio la idea, desde su casa, lo veía y no entendía nada, pero sabía que algo no iba bien. Había alertado al consistorio, pero es un pueblo con decenas de casas aisladas en urbanizaciones y el Ayuntamiento no da abasto.
