La vida de los vecinos de Sant Salvador de Guardiola (Barcelona) dio un vuelco el 21 de setiembre de 2015. Este pequeño municipio a las afueras de Manresa llevaba meses sufriendo una oleada de robos y sus habitantes decidieron crear una patrulla ciudadana para garantizar la seguridad en la zona. Sobre las ocho de la tarde, uno de sus miembros observó como un joven saltaba la zanja de una casa y se metía en una furgoneta. El rastro del vehículo llevó a los vecinos hasta las puertas de un centro de menores.

Seis personas se han sentado en el banquillo de los acusados esta semana por los altercados presuntamente racistas que se produjeron ese lunes de setiembre de hace casi cuatro años en el centro de acogida de menores de L'Estrep. El fiscal considera que Luis Z., Ismael N. y Pedro P. fueron los líderes de la movilización que acabó con una lluvia de piedras e insultos entre los chicos y la casi la cincuentena de vecinos que se aglomeraron a las puertas de la residencia. Por otro lado, el Ministerio Público acusa a Daniel C., Miriam P. y José Luis B. de destrozar al día siguiente del enfrentamiento la luna trasera de una de las furgonetas del centro, después de una persecución.

Dos versiones

El juicio de este caso ha estado marcado por las contradicciones entre los diferentes testigos que han declarado ante el tribunal de la sección séptima de la Audiencia de Barcelona. En uno de los polos se encuentra la versión de los vecinos de Sant Salvador. Tanto los acusados como los demás ciudadanos que participaron en la protesta aseguran que se presentaron en el centro para pedir explicaciones por los robos que llevaban meses produciéndose.

Durante la tarde del mismo 21 de setiembre ya se había producido otro robo en la zona. La policía detuvo a los tres autores y se constató que no tenían ninguna relación con el centro. Sin embargo, el ambiente ya estaba caldeado y las miradas apuntaban hacia los menores de L'Estrep. El hecho que Ismael -uno de los imputados- presenciara poco después de este primer incidente como un menor saltaba la zanja de un domicilio para meterse en la furgoneta que conducía uno de los educadores fue la gota que colmaba el vaso de la movilización.

Palos y linterna

Luis y Ismael fueron de los primeros en llegar a la puerta de L'Estrep. Tres educadores salieron a recibirlos y les dejaron pasar unos metros dentro del recinto para intentar calmar los ánimos. Sin embargo, la comitiva cada vez crecía más y las explicaciones de los profesionales no parecían convencer al grueso de la concentración. Luis ha explicado que en ese momento llevaba encima una barra de gomaespuma y que Ismael tenía en la mano una gran linterna. Según el fiscal, también había manifestantes que llevaban palos y hasta una navaja.

La tensión en el ambiente era palpable y un grupo de una decena de menores decidió subirse al tejado del centro para comprobar qué pasaba. Sin que quede muy claro cuál fue el detonante, vecinos e internos de L'Estrep empezaron a tirarse piedras y otros objetos. Los acusados aseguran que fue en este punto cuando ellos insultaron a los jóvenes, aunque nunca con consignas racistas, según su versión. En ese momento apareció en escena un agente de policía de paisano que hizo recular a los concentrados hasta fuera del recinto para que no resultaran heridos por el lanzamiento de piedras.

Racismo

Sin embargo, este relato de los hechos contrasta con el testimonio de los educadores y responsables del centro. "Cuando llegué con la furgoneta me encontré con un grupo de gente en la puerta y me dijeron que o salíamos o entraban", ha explicado Narciso, uno de los profesionales de L'Estrep. Este cuidador recuerda que varios de los vecinos llevaban palos y hacían comentarios racistas y agresivos como "Moros de mierda", "Iros a vuestro país" o "Vamos a por vosotros".

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"Querían avanzar hacia dentro", ha señalado el hombre, que ha fijado en estas intentonas de la concentración el momento en el que empieza la "guerra de piedras". La versión de Narciso concuerda con la de los otros educadores que intervinieron en el altercado aquella noche. Para los trabajadores de la residencia, el asedio no concluyó hasta que se escucharon las sirenas de los refuerzos que pidió el policía de paisano que mediaba entre los dos frentes.

Persecución

24 horas después se producía el segundo incidente. Enric se acercó a Manresa para recoger a uno de los menores del centro y comprobó que alguien le estaba siguiendo. Este educador de L'Estrep confirmó sus sospechas dando una vuelta de más en una rotonda, sin que el coche que tenía detrás se despegara de su furgoneta. Tras parar en una gasolinera, Enric perdió de vista a sus perseguidores y se dirigió al punto de recogida.

El camino de vuelta transcurrió sin más problemas hasta que la furgoneta llegó a las inmediaciones del centro. En ese momento -mientras el educador buscaba el mando para abrir la puerta- el mismo vehículo blanco que le había seguido en el viaje de ida se situó en uno de los laterales de la furgoneta, justo unos metros más atrás del morro. Un hombre bajó del coche y se acercó con una especie de barra de hierro. Antes de que pudiera llegar a la altura del asiento del copiloto, Enric echó marcha atrás y abandonó a toda prisa la zona. En la maniobra, el educador escuchó como el individuo propinaba varios golpes a la luna trasera de la furgoneta hasta romperla.

Sin luces

Según el fiscal, José Luis fue la persona que se bajó con la barra de hierro del coche, en el que también iban su pareja Miriam, la hija pequeña de ambos y Daniel, otro vecino. Ante el juez, los tres imputados han asegurado que empezaron a perseguir a la furgoneta porque circulaba sin luces y el ambiente todavía estaba caldeado del altercado de la noche anterior. Los vecinos niegan que golpearan al vehículo del educador y aseguran que no sabían que se trataba de una furgoneta del centro.

Sinvivir

A los pocos días, el altercado en el centro de menores ya protagonizaba las páginas de los diarios regionales y, a la semana, la prensa generalista y los medios de comunicación estatales ya se habían hecho eco del incidente. El punto de mira se empezó a poner en Sant Salvador y en sus vecinos y no tardaron en llegar las acusaciones por racismo. Los imputados han asegurado entre llantos que esta situación ha sido un verdadero sinvivir. Consideran que se les ha tratado como a delincuentes y que sus actos nunca estuvieron guiados por el desprecio y rechazo a los jóvenes marroquíes, como sí considera la fiscalía, que pide para los tres acusados del primer incidente tres años y un día de cárcel por un delito de desórdenes públicos agravado. Para los otros tres implicados, pide una multa por un delito leve de daños.