L. tenía cuatro años la primera vez que su madre detectó que algo iba mal. Mientras la estaba cambiando, la pequeña se puso a cuatro patas y le dijo que eso era lo que "le gusta a papi" y que él la tocaba y le hacía daño. Tras hablar de lo ocurrido, los padres decidieron llevarla al médico, que no encontró ningún indicio de abuso físico. Al poco tiempo, el matrimonio se separó y las dos hijas de la pareja empezaron a ver a su padre cada dos semanas en la casa que compartía con su nueva mujer en Tagamanent (Barcelona). Once años después del primer incidente, L. revelaba en un mensaje el secreto que llevaba una década atormentándola.

Confesión

Gregorio C. abusó de su hija durante diez años, desde que la pequeña tenía cuatro hasta los catorce. Esa fue la confesión que L. contó a la capitana del equipo de futbol en el que jugaba y que después se atrevió a repetir ante su madre y su psicóloga. La víctima había guardado silencio hasta el momento porque temía que su padre cumpliera sus amenazas e hiciera lo mismo con sus hermanastros pequeños, los niños que había tenido con su nueva esposa. Sin embargo, la difícil situación por la que estaba pasando la joven en el instituto y con el equipo de futbol y el hecho de dejar de visitar a su progenitor casi semanalmente fueron los detonantes que provocaron que todo saliera a la luz.

El caso ha llegado esta semana a la Audiencia de Barcelona. El padre de L. se ha presentado ante el juez como presunto autor de los delitos continuados de agresión sexual y exhibición de material pornográfico. El hombre ha negado los hechos y defiende que toda la denuncia contra él forma parte de un plan urdido por su exmujer para vengarse por despecho. La fiscalía pide para el imputado una pena de 15 años de prisión, además de indemnizar a la víctima con 20.000 euros.

Juegos

Los abusos tuvieron lugar principalmente en la casa que adquirió el padre de la denunciante en el montañoso municipio de Tagamanent. L. y su hermana visitaban a su progenitor cada dos semanas y se quedaban a dormir en el domicilio el fin de semana. Según ha explicado la joven en su declaración, desde que tenía cinco años, Gregorio aprovechaba la madrugada cuando todo el mundo dormía para llevársela a la salita o a su despacho y abusar de ella. El hombre no solo le realizaba tocamientos a su hija, sino que la obligaba a ver vídeos caseros en los que se aparecían él con su madre o con su nueva esposa practicando sexo. 

El "juego" -tal y como se refería el acusado a los episodios de abusos, ha recordado la chica- consistía en imitar las posturas y los actos que se reproducían en la pantalla del televisor. De esta manera, el imputado estuvo diez años obligando a la víctima a practicarle felaciones y también la penetró analmente en numerosas ocasiones. Durante estos episodios, L. tenía periodos de desconexión en los que perdía la consciencia y no la recuperaba hasta que pasaba un rato o su padre la golpeaba para que volviera en si.

Temor y culpa

Para amedrentarla y conseguir que no dijera nada de lo que pasaba durante las noches, L. ha asegurado que su padre la amenazaba con repetir los abusos con sus hermanastros pequeños. Además, el hombre le decía a su hija que todo era culpa suya porque se parecía demasiado a su madre, con la que ha tenido una relación convulsa desde su separación en 2006. Antes de disolver el matrimonio, la pareja acudió a un psicólogo tras conocer que el acusado había sido infiel y este ha asegurado en su declaración como testigo que "temió por la integridad y la vida" de la madre de la víctima ante la agresividad de su marido.

El último episodio tuvo lugar en octubre del 2013. Según recoge el fiscal en su escrito de acusación, Gregorio cogió a la denunciante y se la llevó al garaje, donde empezó a tocarle los pechos y los genitales por encima la ropa mientras le pedía que se desnudara. L. se negó y se escapó de la habitación por la ventana que da al jardín de la casa. La joven pasó toda la noche al raso hasta la mañana siguiente.

Venganza

"La nuestra era una relación normal de padre e hija. No sé de donde han sacado esto de los abusos. Jamás la he tocado", ha asegurado el acusado ante el juez. Gregorio ha negado los hechos y apunta a que todo nace de la decisión de la hermana mayor de L. de mudarse a vivir con él a Tagamanent. "Mi exmujer tenía miedo de perderla a ella también y quedarse sola. Lo hizo por despecho, porque yo la dejé. Es una venganza", ha señalado el imputado, mientras añadía que está seguro de que su hija le quiere. Su testimonio ha sido respaldado por su actual mujer, por la hermana de la víctima y por una prima de ambas.

La psicóloga Vera Gil empezó a visitar a L. en mayo del 2013. La madre de la joven contactó con ella porque la denunciante había sufrido un bajón de rendimiento considerable en los estudios y porque decía que tenía algún tipo de recuerdo de los presuntos abusos que sufrió a los cuatro años. Tras unos meses de terapia, Gil aconsejó a su paciente en octubre del mismo año que dejara de visitar a su padre durante una temporada. En enero del 2014, mientras la psicóloga asistía a un seminario, recibió un mensaje de la chica, confesándole que esos episodios de abusos que recordaba no era parte del pasado, sino que se habían producido hasta hace solo unos meses. "Al dejar de ver a su padre, ella sintió que ya no estaba en una situación de riesgo", ha explicado ante el tribunal la profesional, al ser preguntada por la razón que llevó a L. a hacer público el caso.

Coherencia

En referencia a los episodios de desconexión y las pérdidas de conciencia, la psiquiatra Marta Carulla -que también tuvo la oportunidad de visitar a la víctima- ha señalado que son efectos perfectamente compatibles con un trastorno por estrés postraumático. Carulla -de la misma forma que Gil y que la psicóloga de la Fundación Vicki Bernadet que atendió a L. una vez que esta se decidió a denunciar los abusos- consideran que el testimonio de la joven es coherente y creíble y ven pocos indicios de fabulación en su relato, tal y como apuntaba el acusado señalando a la madre como artífice de la denuncia.

El fiscal pide para Gregorio una pena de 15 años de prisión por los delitos continuados de agresión sexual y exhibición de material pornográfico, además de demandar una indemnización de 20.000 euros y una orden de alejamiento de 500 metros.