"Eres un bastardo. Dame las llaves", fueron las palabras del tío de Alfonso tras morir su padre en el 2001. Por entonces, él tenía 67 años y acababa de descubrir que era adoptado. Sus padres le habían ocultado su verdadera identidad y su propia familia le estaba echando de la casa de Crevillente (Alicante) en la que había vivido toda la vida junto a su mujer. La repentina muerte de su esposa días después fue el golpe definitivo que llevó a este valenciano a pasar los últimos ocho años durmiendo en el portal de un antiguo cine de Barcelona.

Este hombre de 75 años ha vivido dos vidas. La primera empezó cuando su verdadera madre murió al darle a luz en 1943. Los Palmira le adoptaron irregularmente y lo criaron como a su propio hijo en el domicilio familiar. Alfonso trabajó toda la vida junto a su padre en el campo en negro y cuando este falleció a los 89 años, se encontró sin ningún legado o propiedad a su nombre y con que nunca había cotizado en la seguridad social. Además, la policía le daba la razón a su tío, quién se había presentado en la casa para reclamarla para sus hijos.

La muerte repentina de su mujer por un infarto cayó como un jarrón de agua fría sobre el ánimo de este valenciano. "Cogí 27 pesetas y me fui a la armería para comprar una pistola y matar a toda la familia", explica Alfonso, que no le perdona a su tío que le arrebatara el piso. El dependiente le convenció para que le explicara el caso al cura del pueblo y este le compró un billete para Barcelona.

Cartones y mantas

La segunda vida de Alfonso empieza con a los 67 años, cuando se plantó en la capital catalana sin un duro. Pasaba las noches en el portal del antiguo cine Petit Pelayo, cuya estructura exterior aún es visible desde la calle Tallers, en uno de los límites del distrito de Ciutat Vella. Allí aplegaba unos cuantos cartones y se cubría de mantas para protegerse del frío. Por la mañana se dedicaba a pasearse por la ciudad y mendigar, después de ducharse en las fuentes de la céntrica plaza Catalunya.

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Esta fue la rutina de este valenciano durante ocho años. En este tiempo, Alfonso ha visto como un hombre se tiraba desde un balcón de la calle Robadors, en pleno barrio del Raval, y golpeaba violentamente contra el suelo a sus pies. También ha sido testigo de cómo el cadáver de un sintecho amanecía en un banco de las Ramblas ante la mirada de curiosa de los primeros turistas de la mañana.

Redención

A finales de este enero, los okupas de la Casa de Cádiz se pusieron en contacto con el hombre de 75 años, después de recibir el aviso de un grupo de jóvenes que había cuidado de él durante este tiempo. Lagarder Daciu -el activista sin techo que dirige este alberge autogestionado por indigentes- le abrió las puertas de la antigua sede de la ciudad gaditana en Barcelona y le ofreció una cama y un plato de comida caliente. "Estaba amargado en la calle, pero aquí estoy feliz con mis hermanos", cuenta aliviado Alfonso.