Joana Comas (nombre ficticio) tiene 23 años y cursaba segundo de bachiller cuando quedó prendada de un argentino procedente de Córdoba. Lo que empezó como un idilio de película en una isla balear de agua transparente y aire limpio, derivó en una relación de odio truculenta, llena de peleas físicas y amenazas. El día que le anunció que iba a arrojarle una olla de agua hirviendo, se escapó de casa y buscó refugio en el bar más próximo. La dueña llamó a la policía y, con su detención, terminaron dos años de calvario.

¿Cómo surgió lo vuestro?
Nos agregamos a Facebook y empezamos a hablar y quedar. Desde el principio discutimos a menudo porque intentaba ponerme celosa con historias surrealistas como que un día una amiga suya le había recibido en bragas en su casa. Yo no le hacía ni caso. Un dia le dije que me iba a estudiar periodismo a Barcelona y me anunció que se mudaba conmigo. Su madre se había ido a Argentina para ayudar a su hermana y no se hablaba con su padre porque pegaba a su madre.

¿Dónde vivíais?
Estuvimos unos días en diversos  hoteles y ahí ya aparecieron algunas señales de maltratador. La primera vez fue cuando yo estaba hablando por whatsapp sin prestarle atención y me tiró un mechero a la cara con rabia. Hice las maletas y me fui a la universidad. No le respondí al teléfono en todo lo día y, al salir, le vi en la puerta. Me cogió el bolso, sacó el Mac y lo estampó repetidas veces contra la pared del museo MACBA. Me dio tanta rabia que empecé a pegarle por detrás para que parara.

Víctima Violència Gènere 3

A partir de esta primera pelea física, ¿vinieron otras?
Sí. Y lo más tristes es que cuando se abalanzaba encima de mí, yo también le pegaba para defenderme. Eso me hacía sentir al mismo bajo nivel que él. Hubo un momento que me sentía tan mal que decidí dejar de hacerlo y le dije: "Tú haz lo que quieras pero nunca más volveré a ponerte la mano encima. Yo no soy así".

Cuando se abalanzaba sobre mi yo también le pegaba para defenderme

 

¿Por qué lo soportabas?
Porque era incapaz de dejarle. Me culpabilizaba de todo y creía sus mentiras. Además, me había metido en tal embrollo con mi familia, que pensaba que no me iban a entender, aunque el contacto con mis padres nunca se llegó a romper. Creo que eso fue lo que me salvó: sentir que tenía un sitio donde volver. Si no, no hubiese salido de esta.

¿Recuerdas cuándo se volvió más agresivo?
Fue en las vacaciones de Semana Santa. Me encerró en su casa para que no saliese y me amenazó con un cuchillo. "Te voy a matar", me decía. Incluso, me hizo un corte en la mano y me asusté mucho. En esos días, también me amenazó con colillas, me empujó desde lo alto de un muro, rompió cristales y me tiró el móvil en la cara. Me dejó el ojo morado y una cicatriz.

La violencia aumentó aun más cuando os fuisteis a vivir solos a La Barceloneta.
Ahí ya se fue de madre. Recuerdo que estaba fregando los platos mientras él se duchaba y se le enfrió el agua. Me pegó solo por eso. Otro día, salí a comprar ropa con mi madre y se molestó tanto porque no le había traído ningún regalo que me rajó todas las prendas nuevas con un cuchillo. También me rompió una cadena que me había regalado y me obligó a buscarla por toda la casa. Me amenazó con matarme si no la encontraba. Y yo la buscaba y la buscaba angustiada y sin poder parar de llorar.

¿Nadie de tu entorno sospechaba nada?
No. Porque yo disimulaba. Y si alguien preguntaba sobre cómo me había hecho un moratón, me inventaba excusas. Una vecina ya mayor me paró un día en la escalera y me dijo que desde su piso se oía todo, pero que no denunciaría porque no quería líos. Eso sí;  me aconsejó que me fuera de allí. Los que sí se mudaron, fueron los vecinos de arriba.

¿Eras consciente de que vivías con un maltratador?
La verdad es que no. Yo lo veía todo como hechos aislados. Hubo un día en que, andando por la calle, vi unos cuantos carteles de 'Di no a la violencia' y eso me hizo pensar. Lo mismo me ocurrió viendo un programa de 'Salvados' en que hablaban de violencia de género y recomendaban denunciar. Pensé que tenían razón, que había que hacerlo, pero enseguida desechaba la idea.

¿Cuándo abriste los ojos?
Fue un día en que me fui a comer con mi madre y pasamos un rato muy agradable. Vivía con tanto miedo, que esa hora de paz supuso uno respiro enorme para mí y me hizo ver que tenía que dejarle.

Cuando le dije que le dejaba me estampó la cabeza contra la pared

y me obligo a dormir en una silla 

¿Cómo reaccionó cuando se lo dijiste?
Me estampó la cabeza contra la pared. "Que tú no me dejas, que tú no me dejas…", repetía. Esa noche me obligó a dormir en una silla y me hizo saber que al día siguiente no iría a la universidad ni vería a nadie. Se quedó mi móvil y me obligó a quedarme en casa "a reflexionar".

¿Cómo reaccionaste?
Cuando me anunció que me iba a arrojar una olla de agua hirviendo encima, empecé a pensar mi escapada. Miré la salida del balcón, pero se fue al baño y aproveché para salir por la puerta. Corrí hasta el primer bar que encontré y me encerré en el servicio. Yo iba cono pijama, ojerosa porque dormía poco y estaba muy delgada. Había perdido diez quilos y estoy convencida que los clientes pensaron que era una yonqui del barrio.

¿Te ayudaron?
La chica de la barra y algunos clientes me hablaban, pero yo les decía que me dejaran, que me iban a descubrir. Desde ahí, lo veía ir y venir como un loco por la calle. Les intentaba explicar la situación pero no podía parar de temblar y llorar, histérica. Entonces, me dijeron que si seguía ahí tenían que llamar a la policía y accedí. Vinieron dos agentes y se lo llevaron al calabozo. Así es como terminó mi relación.

Debiste sentirte muy liberada...
Lo cierto es que me quité un gran peso de encima. Me llevaron al hospital y, luego, a comisaria donde me encontré con mi madre. "Menos mal, menos mal", repetía una y otra vez. "Has hecho muy bien, has hecho muy bien". Pasé el fin de semana sin salir de casa en estado de shock porque, al verbalizarlo, me di cuenta de la gravedad de lo que acababa de vivir: había sido maltratada física y psicológicamente. Hasta entonces, no lo había vivido así.

Víctima violència gènere

¿Le has vuelto a ver?
Vino al piso con la policía a recoger sus cosas. Uno de los agentes me dijo: que sepas que se arrepiente mucho. Esa frase me indignó porque ¿de qué me sirve su arrepentimiento si no puede dejar de hacerlo?

Al cabo de un año se celebró el juicio...
Sí. Y le dije a mi abogado que no pidiese cárcel por deferencia a su hija pequeña y su familia, con quienes me llevo bien. Su madre me llamó cuando se enteró de todo para pedirme disculpas. Y cuando nos encontramos por primera vez, nos abrazamos y lloramos. Finalmente, le condenaron a unos meses de servicios sociales y a una indemnización de 3.000 €, que no es nada si tenemos en cuenta el dinero que invertí en el abogado y el psicólogo.

No he podido volver a tener pareja. Me cuesta establecer un vínculo emocional con alguien.

 

¿Vas al psicólogo para olvidar?
Al contrario. Voy a recuperar la autoestima y trabajar el tema de los límites y las inseguridades. Porque no he podido volver a tener pareja. Y hace dos años y medio de eso, ya. Soy más exigente y desconfiada y, aunque he tenido relacionas esporádicas, me cuesta establecer un vínculo emocional con alguien.

¿Cómo te sientes?
Muy agradecida porque podría estar muerta. Siento muchas ganas de vivir, de salir con mis amigas y hacer todo aquello que él me prohibió. El mero hecho de ir de la universidad a casa con la tranquilidad de saber que al llegar estaré sola es un regalo.